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miércoles, 12 de octubre de 2011
Prologo "LSD psychoterapy"
Parece sorprendente que casi medio siglo después de que Stan Grof comenzará a utilizar
la LSD como una herramienta en psicoterapia, la droga permanezca fuera de los
límites de su aplicación terapéutica y la investigación médica. En términos puramente
fisiológicos, la dietilamida del ácido lisérgico es la droga menos tóxica que conoce
la ciencia. No mata, ni siquiera en enormes sobredosis y a pesar de producir cambios
drásticos en la consciencia, no tiene efectos adversos ni duraderos en el cuerpo.
Numerosos informes de casos testifican el potencial positivo de su uso psicoterapéutico
–para el tratamiento de adicciones, neurosis y trastornos de ansiedad– y hay sugerencias
sobre su utilidad a la hora de tratar enfermedades médicas crónicas, incluyendo
síndromes que conllevan dolor. Sin embargo, en los albores del SIGLO XXI, la LSD
continúa siendo una droga demonizada en la mayoría de las sociedades, declarada oficialmente
como peligrosa y desprovista de valor terapéutico.
Las razones de esta irracional situación son varias. Una es que la LSD ha compartido
«malas compañías» en el pasado: hippies, revolucionarios, fanáticos del rock and roll,
y otros elementos de la sociedad considerados antisociales y subversivos por la cultura
dominante. También está ahora, por ley y necesidad, forzada a estar en compañía de otras
«drogas de abuso», incluyendo la cocaína y la heroína, cuyos peligros son obvios y espantosos.
Además, la LSD tiene la reputación de ser un tipo de droga sigilosa, ya que hace
efecto en cantidades tan pequeñas que son casi invisibles. La facilidad para su contrabando
y ocultación da pábulo a fantasías sobre la posibilidad de ser administrada disimuladamente
a víctimas desprevenidas, e incluso ser disuelta en el suministro de agua
pudiendo así volver a poblaciones enteras psicóticas y desvalidas. Fue esta característica
de la LSD la que la hizo atractiva para el ejército y los servicios de inteligencia en los años
cincuenta, como posible herramienta con fines que estaban lejos de ser terapéuticos.
Para los profesionales de la medicina y de la psiquiatría, la LSD es problemática
de otro modo. Sus efectos varían mucho de una persona a otra y dependen de forma
especial del set y el setting, es decir, de las expectativas y el contexto. Las sesiones con
LSD pueden ser viajes al cielo o al infierno y la aparente imprevisibilidad de la dirección
que toman ha asustado y desanimado tanto a investigadores como a terapeutas.
De hecho, el riesgo de que la reacción a la LSD sea infernal no es tan impredecible.
Aumenta con la dosis, la falta de preparación del sujeto, y la falta de atención a los
factores del entorno que pueden fomentar la ansiedad o la seguridad. En manos de un
terapeuta hábil y con experiencia como Stanislav Grof, la LSD era bastante segura, y
las reacciones que producía aún siendo intensas, eran controlables y útiles. «Con experiencia
» en este contexto implica que haya tenido experiencia personal con la droga.
No es éste un tema fácil de explicar a la comunidad médica. Los doctores valoran
las drogas que funcionan como balas mágicas –que tienen acciones precisas, predecibles
y relativamente constantes de una persona a otra y que son explicables en términos
de mecanismos bioquímicos específicos, no en términos de la experiencia del
médico o de las expectativas del paciente. Los psiquiatras y otras personas que leyeron
informes que se habían publicado sobre los primeros éxitos terapéuticos con la LSD e
intentaron utilizarla como una bala mágica sin prestar atención al set, al setting o a su
propia experiencia no lograron obtener los resultados deseados. Casi medio siglo después,
cuando la psicoterapia tradicional ha sido sustituida en gran parte por la abrumadora
prescripción de numerosas balas mágicas psicofarmacéuticas (los selectivos
antidepresivos inhibidores de la recaptación de la serotonina que constituyen la mayor
parte de las prescripciones médicas), las posibilidades que tienen los psiquiatras y otros
profesionales de comprender las sutilezas y artimañas de la psicoterapia con LSD
parecen menores que nunca.
Aún así, creo que sigue mereciendo la pena hacer un esfuerzo por intentar aumentar
esa comprensión, ya que el potencial terapéutico de la LSD no ha mermado.
Quizás ahora que el uso recreacional de la droga ha disminuido estabilizándose y que
las autoridades están mucho más preocupadas por otros agentes psicoactivos, es el
momento adecuado para reabrir el debate. No puedo pensar en un modo mejor de
hacerlo que publicando una nueva edición de este libro. Psicoterapia con LSD es un trabajo
clásico tanto en las tradiciones psicoterapéuticas como psicofarmacológicas,
y espero que la experiencia de Stan Grof y su conocimiento encuentren un mayor
número de lectores en el nuevo siglo.
DR. ANDREW WEIL
TUCSON, ARIZONA
OCTUBRE DE 2000
